Labordeta

No nos gusta pensar en la muerte. Dice Savater que en ella no hay nada positivo que pensar. Pero los hechos dolorosos tienen, a veces, efectos homeopáticos. Claro que las emociones se disparan: incredulidad, preocupación, tristeza. Pero la muerte, por esperada que sea, nos ofrece también la oportunidad de meditar sobre la vida, de replantearnos nuestras creencias más profundas y, en última instancia, de comprender mejor el mundo en que vivimos. Pena sobre pena, tristeza que nos empuja a vivir.

Sí, estamos en nuestro derecho de sentir rabia y desesperanza por la muerte de José Antonio Labordeta. Ahora bien, él hubiera preferido que le diéramos la vuelta a lo inevitable y que meditáramos acerca del sentido y del propósito de la vida, de una vida buena, presidida, entre otros valores, por la humanidad y la justicia: “Advierto con placer que los hombres se resisten en absoluto a concebir la idea de la muerte y desearía contribuir a hacerles más digna cien veces de ser meditada la idea de la vida” (Nietzsche. La Gaya Ciencia). Asociar este enfoque de la muerte al recuerdo de José Antonio constituye el mejor homenaje que podemos rendir a uno de nuestros más queridos maestros. Descanse en paz.

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