La motivación

Una de las quejas que con más frecuencia las familias trasladan a los profesores y a los orientadores es esta: “mi hijo (o hija) no está motivado, tenéis que hacer algo para motivarlo”. Tal situación se produce, por lo general, cuando las notas del adolescente no cumplen las esperanzas de los padres. Entonces parece razonable interpretar los hechos en términos de pérdida de motivación o, a veces, de baja autoestima.

Veamos. El de motivación es un concepto que puede interpretarse de distintas maneras. Una de ellas viene dada por la teoría del valor x expectativa. La expectativa es el grado en que un individuo espera completar con éxito las tareas que se le proponen. El valor se refiere a la importancia que para el sujeto tiene la recompensa que acompaña a dicho éxito. El nivel de motivación de una persona viene dado por ambos factores:

 Motivación = Expectativa x valor

 Una implicación clave de este enfoque estriba en que si uno de los factores resulta igual a cero, el producto, la motivación, también valdrá cero, independientemente de que la otra variable alcance cotas elevadas.

Pero hay más: los valores de ambos factores vienen dados por lo que el alumno cree, no por las expectativas de sus padres o de los docentes. El análisis sintáctico, por ejemplo, puede tener un gran valor para el profesor de lengua; cabe la posibilidad de que incluso los padres lo entiendan como el peaje que hay que pagar para llegar más lejos en el sistema educativo. Pero tanto en el supuesto de que el alumno se considere poco dotado para semejante tarea, como en el de que carezca de interés por ella, no esperemos que su motivación sea distinta de cero.

La psicología de la motivación lleva a cabo, para complicar un poco más las cosas, algunas otras distinciones. La primera, entre motivos implícitos –logro, poder y afiliación– y explícitos. Las personas motivadas por el logro, por ejemplo, quieren perfeccionarse a sí mismas día a día. Logro, poder y afiliación constituyen tres necesidades básicas originadas a lo largo de la evolución. No siempre son conscientes, ya que están ligadas al cerebro emocional, el sistema límbico, estructura previa a la adquisición del habla.

Los motivos explícitos surgen, sin embargo, “de una compleja mezcla de las expectativas ajenas, las normas culturales y los deseos propios”. Ambas clases de motivos o razones para actuar se encuentran relacionados: si divergen demasiado pueden dar lugar a problemas psíquicos. En ocasiones nos sorprendemos cuando después de algún tiempo hemos visto cumplir un ansiado sueño y, sin  embargo, no terminamos de sentirnos satisfechos. Es probable que, en realidad, tal aspiración no fuera realmente algo personal, sino “impuesto” desde el exterior, ya sea por las convenciones sociales o por lo que los demás esperan de nosotros.

Otra distinción de notable interés es la que tiene que ver con los objetivos que uno desea alcanzar (de aproximación) y los que quiere evitar (de alejamiento). Los primeros poseen una carga emocional positiva, como en el caso de un estudiante de odontología que sueña con abrir una consulta de éxito. Los segundos, en cambio, suponen la huida de aquello que conlleva un fracaso: los propio estudios, sir ir más lejos. La motivación, pues, se encuentra muy relacionada con la regulación de las emociones. Si no somos capaces de mantener a raya las emociones negativas, tales como la preocupación excesiva, el pesimismo, la tensión nerviosa, difícilmente haremos nuestras las metas que las familias -la sociedad, en general- consideran imprescindibles: aprobar, titular y así sucesivamente.

Y aquí reside una de las principales causas del fracaso escolar en nuestro sistema educativo. Como muy bien dice Martin P. Covington, “el fracaso en el aprendizaje se produce siempre que el sentimiento de valía personal del alumno se equipara a su capacidad de obtener logros de forma competitiva. Los estudiantes que basan este sentimiento en la capacidad corren un elevado riesgo, porque la escuela no garantiza, como tampoco lo hace nada en la vida, una cadena ininterrumpida de éxitos. Si el orgullo ante el éxito y la vergüenza ante el fracaso dependen en buena medida de la percepción que uno tenga de su propia capacidad, el

compromiso con el aprendizaje durará mientras ésta se siga incrementando. Pero cuando el fracaso amenace la imagen personal de competencia, con su legado de vergüenza y humillación, es probable que los estudiantes abandonen el aprendizaje y hasta que dificulten que otros aprendan”.

Y ya para terminar, una última precisión: la acción motivada depende además tanto del establecimiento de objetivos claros como del análisis de los ries

gos que acechan a la consecución de cada uno de ellos. Los chicos y chicas deben aprender a trazarse metas realistas y, también, a abandonarlas cuando se convierten en un callejón sin salida. En palabras de Roberto Colom, “el mejor modo de sentirnos motivados para hacer algo es saber que somos buenos haciéndolo. La mejor estrategia para disfrutar de una autoestima envidiable es embarcarnos en actividades que sabemos que podemos hacer con eficiencia”. Tenemos que ayudar a nuestros hijos a encontrar unos objetivos factibles y unas actividades con las que puedan disfrutar.

En resumen, he aquí unas cuantas pautas educativas “generadoras” de motivación:

  • Ofrecer contenidos y tareas valiosas y atractivas.
  • Promover en los alumnos creencias positivas sobre su propia capacidad; en este sentido resultan fundamentales las valoraciones favorables de sus logros, pero también hay que enseñarles a:
    • Fijarse objetivos realistas.
    • Seguir itinerarios educativos (estudios) que puedan completar con éxito.
  • Favorecer su autodeterminación, haciéndoles partícipes del establecimiento de las metas escolares.
  • Recompensar las razones positivas para aprender, más allá de la simple búsqueda de un aprobado.
  • Conferir al aprendizaje un marco social, incrementando el trabajo en grupo.
  • Mejorar las relaciones profesor-alumno.