Educación y crianza versus naturaleza

Michael Meaney es un biólogo y profesor de la Universidad McGill, situada en Montreal, Canadá. En los años noventa del pasado siglo llevó a cabo unos experimentos con ratas de notable interés para todos los que nos dedicamos a la educación. Veamos por qué.

Meaney y sus colaboradores enseguida se percataron de que entre los roedores de su laboratorio se podían distinguir, al menos, dos tipos contrapuestos. De un lado, las ratas que aparecían siempre tranquilas y relajadas, dispuestas a explorar nuevos ambientes sin mayores problemas y capaces de controlar las situaciones de estrés con aplomo. De otro, las que se mostraban nerviosas e inquietas, con tendencia a permanecer paralizadas ante la presencia de estímulos nuevos.

Cuando las primeras, las ratas apacibles, se convertían en madres, su comportamiento se caracterizaba por lamer, acicalar y cuidar con “afecto” a sus crías. Las ratas neuróticas, por el contrario, se veían desbordadas y su comportamiento como progenitoras era más bien negligente y desentendido.

¿Y qué sucedía con las crías? Las nacidas de madres tranquilas, las que habían recibido abundantes lametones y cuidados, desarrollaban también una actitud calmada en su interacción con el medio. Las que fueron criadas con dejadez se convirtieron en adultos miedosos y estresados, demasiado sensibles y reactivos ante cualquier pequeña dificultad.

Estos hechos tuvieron una primera interpretación: puesto que las madres nerviosas daban a luz crías inquietas, y dado que las madres tranquilas parían crías serenas, tanto la ansiedad como el carácter apacible tenían que ser rasgos genéticos y permanentes. Sin embargo, Meaney, insatisfecho con esta explicación, diseñó un experimento que se ha convertido en todo un clásico, el de la agencia de adopción.

En los nuevos “hogares”, las madres neuróticas criaban ahora a las hijas de las ratas apacibles, mientras que las madres relajadas cuidaban de las descendientes de los roedores excitables. Los resultados de este intercambio son muy aleccionadores: las crías nacidas de ratas inquietas crecieron como individuos “sosegados, juguetones, curiosos y bien adaptados”. Y aún más: cuando estas crías se convirtieron más adelante en mamás, el modelo que tomaron fue el de las madres adoptivas, tierno y cuidadoso, no el de las madres biológicas –frío y descuidado.

Lo que aquí nos interesa es que las ratas “habían heredado una conducta de madres cuyos genes no compartían”. Crías nacidas de madres ansiosas pueden llegar a ser, si sus progenitores las lamen y acicalan,  jóvenes y madres serenas y esmeradas. Nos encontramos, pues, ante un triunfo de la crianza y la educación frente a la naturaleza.

¿Podemos trasladar estos resultados a los seres humanos? Michael Meaney y su equipo han seguido investigando las bases biológicas de estos hallazgos y, según parece, las diferencias entre los roedores y nosotros no son tantas: glucocorticoides, grupos metilo, genes que se expresan o no, cambios epigenéticos… los mecanismos que rigen nuestros comportamientos son en cierto modo similares.

 

Así que ya sabéis: si queremos que los bebés de nuestra especie se conviertan en adultos bien adaptados, uno de los primeros pasos que los padres y las madres tendrían que dar consiste, según la acertada expresión de Richard J. Davidson, en “abrazarlos, besarlos y arroparlos por la noche mientras les contamos un cuento antes de irse a dormir”.

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