Mentiras, recortes y dos vídeos

Lo he intentado primero con el viejo maestro, pero el fundador del psicoanálisis estaba más interesado en los lapsus y actos fallidos que en las mentiras puras y duras. Ni en los índices temáticos de sus obras completas, ni en la relectura Persona mentirosaapresurada y diagonal de algunos de sus textos –la Psicopatología de la vida cotidiana, por ejemplo–, he encontrado nada relevante sobre los mentirosos.

Y el caso es que hoy más que nunca necesitamos explicaciones para la proliferación del engaño. Nos encontramos rodeados de personas que hacen justo lo contrario de lo que en su día prometieron (El Gran Wyoming nos ha regalado hace poco un vídeo que recoge algunos casos sangrantes). Hoy más que nunca, insisto, parece que se ha hecho realidad el archicitado diálogo kafkiano, ese que podemos leer en el capítulo IX de El proceso:

–       No, dijo el sacerdote, no es preciso que sea cierto todo lo que se dice; sólo se debe aceptar como necesario.

–       Triste opinión, dijo K. Convierte a la mentira en un principio universal.

Así que no me ha quedado más remedio que recurrir a la investigación reciente, en especial a lo que sobre la falsedad nos dice la psicología evolucionista. Veamos. ¿Por qué mentimos con tanta facilidad?  David Livingstone, director del Instituto de Ciencias Cognitivas y Psicología Evolutiva de la Universidad de Nueva Inglaterra, lo tiene claro: “Porque da resultado (…) Los Homo sapiens que mientan con mayor destreza tendrán ventaja sobre sus semejantes en la lucha por el éxito reproductivo, que es el piloto de la locomotora de la evolución”.

¡¿Evolución?! ¡¿Locomotora?! Bueno, podría decir un improbable lector, puede que haya que recurrir a la mentira en tiempos de crisis, o para salir de algún que otro embrollo, pero este comportamiento no  es tan habitual. Sigamos con algo más de ciencia. En el año 2002, Robert Feldman, de la Universidad de Massachussets, grabó con cámaras ocultas las conversaciones de estudiantes a los que había pedido que conversaran con un desconocido. Después hizo que los primeros analizaran las cintas y se fijaran en el número de mentiras que habían contado. El resultado es como la prueba del algodón, no engaña: cada 10 minutos se formulaban tres mentiras.

¿Hay algún consuelo para tanto falsario? Los primatólogos Richar Byrne y Andrew Whiten, de la Universidad de St. Andrews, han comprobado que los humanos no somos la única especie presta a enviar mensajes falaces. En sus ya célebres estudios sobre los babuinos chacma, pudieron observar repetidas veces cómo un joven primate fingió que había sido maltratado por otro para que su madre alejara a éste de la comida por la que ambos luchaban.

Observaciones como estas dieron lugar a la hipótesis de la inteligencia maquiavélica: “la explosión de la inteligencia en la evolución de los primates fue inducida por la necesidad de dominar formas cada vez más refinadas de manipulación y estafa en un medio social”. Según la psicología evolucionista, los humanos no hemos hecho más que refinar, unos más que otros, esta habilidad para el fraude. Somos, unos más que otros, mentirosos natos. Lamentable. Si esto es todo lo que los evolucionistas nos ofrecen, el auge de los partidarios del diseño inteligente no debería sorprender a nadie.

De tal forma que unos mienten mucho y cuentan mentiras tan gordas que pueden destrozar la vida de otros. Y lo peor es que, según parece, el origen de su habilidad como falsarios estriba, por paradójico que suene, en la capacidad que todos poseemos para engañarnos a nosotros mismos. Sin duda que un argumento como éste habrá de  merecer una entrada posterior. Por ahora me conformaré con recomendaros el vídeo de Dan Ariely y con poner mi granito de arena frente a tanta engañifa; para ello nada mejor que una pequeña verdad: los recortes en la educación pública, y en los pilares del Estado de bienestar, no son más que recortes, un penoso intento de desmantelar el sector público y de privatizar los servicios básicos, los servicios que constituyen la razón última de la igualdad de oportunidades y, en definitiva, de una democracia digna de tal nombre.

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