En recuerdo de Antonio Puyuelo

                                                                                                                                                                                                           Para Miguel

Por aquel entonces yo aún tomaba un café a media mañana en el bar de Aniceto. Algunos días coincidía allí con Antonio, aunque él no se conformaba con una simple taza del oscuro y excitante brebaje. Los requerimientos energéticos de un intenso profesor de educación física exigían algo más consistente y no exento del temido colesterol, tanto daba un sabroso bocadillo de tortilla de patatas como unas cuantas croquetas.

En aquellos tiempos las aulas del instituto acogían a un alumno, Javier, creo recordar que en 2º de ESO, cuyo talento para el tenis era ya más que sobresaliente. No se conocía torneo de su edad que se le hubiera resistido. Así que Antonio, competidor implacable, pronto tramó uno de sus planes ganadores. “Esta tarde voy a jugar un partido con Javier”, me dijo. Y continuó: “Dentro de poco no habrá quien pueda con él, es un fenómeno. Esta es la última oportunidad que tengo de superarle”. Dicho y hecho. Antonio y Javier se enfrentaron en un largo y duro partido, al cual asistieron los padres de nuestro alumno, otra muestra más del carácter cercano y amigable de Antonio. Del resultado de la contienda me enteré poco después, gracias a la intervención de mi hijo Raúl, que entrenaba en la federación unas pistas más allá de las de Javier.

He de reconocer la curiosidad que sentía sobre el nivel tenístico de Antonio, lo que me llevó a rogarle a mi hijo que indagara ante su colega por el desarrollo del partido. Los dos adolescentes se despacharon a gusto: “Sí, sí, tu compañero ganó por dos sets muy ajustados, pero abusó de los cortaditos y de pasar bolas”, eso fue lo que me transmitió Raúl. Para los no entendidos en el deporte de la raqueta, un pasabolas es alguien que lo devuelve todo; sus golpes no pueden considerarse winners, y su estrategia se basa en forzar al rival para que tome más riesgos de la cuenta, de modo que sus envíos acaben con frecuencia en la red o en los pasillos. Según parece, Antonio devolvía y devolvía los trallazos de Javier hasta que éste, harto de tanto peloteo, terminaba por fallar el punto.

En estos últimos años, Antonio se vio obligado a jugar un partido mucho más endiablado y ante un rival implacable. Como decía mi admirado Eugenio Trías, “la muerte es ese poder que nos oprime desde que nacemos”, la raíz y el fundamento de nuestra propia impotencia. Y frente a ella, sin embargo, frente a ese muro infranqueable, nuestro querido compañero no se limitó a pasar bolas. En el partido más exigente de su vida, Antonio fue capaz de desplegar su mejor juego, la estrategia y el golpeo de un verdadero maestro. En este último combate, el movimiento de su raqueta adquirió la fortaleza y dignidad de la Nadal y la elegancia de la de Federer.

Un ejemplo, Miguel, que te acompañará siempre, como a todos nosotros.

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