Marx, orientador profesional

Estoy de acuerdo con César Rendueles cuando, en un artículo reciente, afirmaba que Marx, de nombre Karl, ha vuelto. Para el autor de Capitalismo canalla, el retorno del pensador de Tréveris “es, en el fondo, la venganza del siglo XX (…). Problemas que imaginábamos muertos y enterrados, como la lucha de clases, han resucitado con una violencia salvaje”.

Y aunque Marx en realidad nunca se fue, ni en el terreno político ni en el discurso académico, sí es cierto que hasta hace bien poco el término “marxista” se había convertido en una especie de insulto que, aplicado por ejemplo a determinadas personas o grupos, servía para descalificarlos de forma rápida y simple. Valga como muestra esta brillante frase de Esperanza Aguirre, reconocida intelectual de la derecha española y, según parece, lectora infatigable de Carlitos y sus epígonos, incluso en alemán: “Podemos es populista, marxista y una mutación del virus del totalitarismo”.

Pero dejemos a un lado el debate sobre la actualidad de nuestro hombre, y veamos lo que tiene que decirnos sobre la orientación profesional. En noviembre de 2013 se publicó la versión española de una notable biografía –“destinada a convertirse en un clásico”- de Marx, obra de Jonathan Sperber, profesor de la Universidad de Missouri. En ella he encontrado una verdadera joyita, la detallada descripción de dos de las disertaciones que un joven Karl, de diecisiete años, presentó para su examen de graduación, el célebre Abitur. En particular, en el ensayo que escribió para la clase de alemán encontramos este fragmento:

“La principal consideración que debe guiarnos en nuestra elección de profesión es el bien de la humanidad, nuestra plenitud. No nos debemos confundir imaginando que estos dos intereses podrían entrar en conflicto o que uno debe cancelar al otro. Al contrario, la naturaleza del hombre está dispuesta de tal manera que sólo puede alcanzar su perfección en aras de la plenitud, por el bien del mundo que lo rodea. Si sólo crea para sí mismo, desde luego podrá ser un célebre erudito, un gran sabio, un poeta excelente, pero nunca verdaderamente un gran hombre en toda su plenitud (…). Cuando hemos escogido la profesión en la que podemos contribuir mejor a la humanidad, las responsabilidades nunca nos hundirán porque son sacrificios por el bien de todos. Y de este modo nuestro deleite no será pobre, limitado y egoísta, puesto que nuestra buena fortuna será la de millones de personas, nuestras obras vivirán silenciosamente, pero sus efectos serán eternos y sobre nuestras cenizas caerán las lágrimas radiantes de hombres nobles”.

Erudito, sabio, poeta. Estos son los ejemplos de éxito personal que elige Marx. ¿Bien común? Me temo que todo esto no le gustaría lo más mínimo a otro pensador insigne y políglota, de apellido Wert, ni en su breve y destructiva etapa como ministro de educación, ni siquiera ahora, supongo que más receptivo bajo los efectos de la vida regalada.

Pero a vosotros seguro que la biografía de Marx os apasiona.

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